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  3. MUNDO RURAL    
 
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  >> Desarrollo social de las zonas rurales Versión para imprimir Escuchar artículo Metadata Patrocinadores Aumentar letra Disminuir letra  


El hombre y el medio: cambios en el mundo rural

Los paisajes naturales de Gran Canaria han sido sometidos a profundos cambios y transformaciones desde su conquista y posterior incorporación a la Corona de Castilla en 1487. Si bien, antes de la conquista, el paisaje natural había recibido algunas transformaciones efectuadas por la población aborigen, éstas pueden considerarse de carácter puntual, e incluso insignificante, frente a los enormes cambios acaecidos tras la llegada de los conquistadores.

Las principales afecciones ambientales durante la etapa prehispánica eran producto de la actividad ganadera: cabras, ovejas y cerdos ejercen presión sobre la flora autóctona, generando cambios en los ecosistemas naturales. A ello hay que unir los producidos por determinadas prácticas como la quema de rastrojos para la regeneración de pastizales. El empleo de este tipo de prácticas pudo haber sido el causante de incendios forestales que afectaron a los ecosistemas naturales de la Isla.

Pequeña finca agrícola en Madrelagua. (MC).

Los nuevos pobladores que se asientan tras la Conquista introducen importantes cambios. El más relevante es el tránsito de una sociedad pastoril a otra eminentemente agrícola. Se produce una rápida transformación del paisaje grancanario, con un poblamiento rápido y numeroso, ávido de explotar nuevas tierras. La mayor parte de estos nuevos asentamientos humanos se localizan en las medianías. Explican esta elección unas temperaturas suaves, la disponibilidad de recursos como agua, leña y carbón, el estar lejos del alcance de las incursiones de los piratas y, sobre todo, la búsqueda de fértiles tierras de cultivo. Se ponen en explotación miles de hectáreas de cultivos con el fin de garantizar el sustento de los nuevos pobladores. Las óptimas condiciones climáticas y edáficas que ofrecen las medianías para los nuevos cultivares van en detrimento de la vegetación natural. Grandes rozas y talas se suceden en este periodo, transformando la fisonomía del paisaje insular.

Si en la medianía comenzaban a asentarse los cultivos de subsistencia, en la franja costera se establecían aquéllos destinados a la exportación. En los primeros años tras la Conquista (finales del siglo XV y principios del XVI), fueron los cultivos de caña de azúcar. Para la puesta en explotación de estos ingenios, sus trapiches y los cultivos de caña, tuvieron que desviarse grandes caudales de agua hacia las plataformas litorales, lo que perjudicó a la flora y fauna local. Al mismo tiempo, la necesidad de combustible y madera para las construcciones y las labores agrícolas provocaron que la presión sobre los bosques fuera en aumento, incrementándose considerablemente la deforestación.

Las intensas talas hicieron desaparecer la práctica totalidad del monteverde, formación que ocupaba los altos de Santa Brígida, San Mateo, extendiéndose por Teror, Valleseco, Firgas y Moya, hasta confluir en el Valle de los Berrazales. También fueron importantes las talas de los pinares, fruto de las necesidades de madera y de su resina, conocida como pez o brea, y que se utilizaba para calafatear las embarcaciones.

De las talas indiscriminadas aparecen muchos datos en los Acuerdos de los Cabildos Insulares de comienzos del siglo XVI, que ante el desastre ambiental y económico que se avecinaba intentaron, con poco éxito, controlar este tipo de explotación forestal.

Este modelo de ocupación territorial, con una agricultura de subsistencia en las medianías y de exportación en sectores litorales, subsistió en pleno apogeo, con evidentes cambios a lo largo del tiempo, hasta entrados los años 60 del s. XX.

Desde los años 60 del pasado siglo, la irrupción del sector terciario es una cuestión imparable, dando lugar a una transformación estructural de la economía canaria. El sector terciario pasa a ocupar el primer lugar en el Producto Interior Bruto (PIB), impulsado por los servicios prestados en el mundo urbano y por el desarrollo alojativo turístico.

EVOLUCIÓN DE LA COSTA DE GRAN CANARIA

Las medianías, en gran medida deforestadas, dejaron de ser el centro de gravedad de la actividad económica, que se traslada ahora a los sectores costeros del sur de la Isla, donde la irrupción del turismo de masas genera importantes movimientos económicos. Este desarrollo turístico, unido a las crecientes importaciones de productos del exterior, ha provocado la progresiva pérdida de importancia de las zonas rurales. En la actualidad, estas áreas son espacios heterogéneos que, o bien tienden al abandono, o bien acogen una diversidad de funciones.

La pérdida de peso de las prácticas agroganaderas en el sistema productivo ha dado pie a los procesos de éxodo rural y al abandono del campo en busca de unas mejores condiciones de vida en la ciudad y centros turísticos. La población que ha permanecido en ‘el campo’, dedicada a las actividades agrarias y ganaderas, es normalmente envejecida, sin recambio generacional, y tiene que convivir con una serie de problemas, entre los que destacan:

  • Gran fragmentación del terrazgo agrícola que da lugar a pequeñas explotaciones, insuficientes en muchos casos para el sustento familiar en una economía de mercado.

  • Graves problemas a la hora de comercializar los productos locales. El excesivo número de intermediarios genera que los costes finales de venta al público sean bastante elevados, sin que ello repercuta sobre el productor. La solución que se plantea es la comercialización directa a través de los diversos mercadillos del agricultor repartidos por la Isla. En estos espacios comerciales el agricultor vende directamente sus productos al consumidor, con lo que su margen de beneficios es mayor.

  • Bajo grado de innovación tecnológica en el sector. Los altos costes que conlleva la inversión en tecnología y la ausencia de jóvenes dinámicos que decidan dedicarse a la agricultura lastran la modernización de los espacios rurales.

En este contexto, ciertamente decadente, la Unión Europea promueve un importante esfuerzo para dinamizar los espacios rurales, considerados como sectores estratégicos, ya que de ellos depende una parte de la producción de alimentos. Esta decidida apuesta se fundamenta en la idea de espacios rurales con diferentes funciones (productiva, de ocio, conservacionista, residencial, etc.), donde es necesario la diversificación de la actividad económica, bajo el prisma de la sostenibilidad y respetando la singularidad de cada territorio.

Este nuevo impulso de desarrollo del mundo rural requiere de nuevas estrategias de promoción, gestión y desarrollo integral que busquen beneficios a largo plazo y que se desarrollan a través de los programas de desarrollo local y territorial.

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